27.4.06

Mates y Rayuelas

El día fue complicado. El frío me encierra en mi casa y antes de dormir quiero leer un buen libro que ayude a despejar mi mente. Busco entre los que tengo a medio leer en el escritorio y me decido por Rayuela, de Cortázar. Con la penumbra de la habitación me acomodo en la cama y me dejo seducir por el desordenado orden de los capítulos.
Oliveira está en un cuarto como el mío, también a media luz, con el mismo frío invernal invadiendo las calles y la Maga le convida un mate... “Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era una yerba perfectamente asquerosa que la droguería de la estación Saint-Lazare vendía con la vistosa calificación de ‘maté sauvage, cueilli par les indiens’, diurética, antibiótica y emoliente. Por suerte el abogado rosarino –que de paso era su hermano- le había fletado cinco kilos de Cruz de Malta, pero ya iba quedando poca. ‘Si se me acaba la yerba estoy frito’, pensó Oliveira. ‘Mi único diálogo verdadero es con este jarrito verde’. Estudiaba el comportamiento extraordinario del mate, la respiración de la yerba fragantemente levantada por el agua y que con la succión baja hasta posarse sobre sí misma, perdido todo brillo y todo perfume a menos que un chorrito de agua la estimule de nuevo, pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes.”
Nadie describe mejor la sensación de tomar mate que Cortázar. Cada vez que Oliveira ceba un mate en su cuarto parisino me dan ganas de decirle: “che, ¿me convidás uno?”. Y en esos momentos me gana la pereza de levantarme de esta cama calentita y sigo deseando, mirando desde afuera esta costumbre tan nuestra, tan rioplatense que nos marca a fuego.
-Yo quisiera escribir como Cortázar... - pienso en voz alta. Y como soñar todavía es gratis, ensayo narraciones con su estilo, me dejo llevar por las musas, pero todo lo que consigo son bollos de papel que arrojo al cesto de basura al mejor estilo NBA. Dicen que la inspiración existe pero tiene que encontrarnos trabajando. Y es cierto. Pero también es cierto que Julio Cortázar hubo uno solo. Y sus palabras son capaces de fabricar sensaciones. De contagiar ganas de tomar mate y de contarle a quien nunca lo probó, lo importante de su significado para nosotros.
El sueño va ganando terreno y mis manos se aflojan soltando el libro. La reunión está interesante, están hablando de Borges y Huxley. Se me cierran los ojos pero quiero seguir disfrutando de los amigos que me convida Oliveira. El vodka, el mate, la metafísica, el desarraigo, la lluvia, los momentos, los sueños, el jazz... Todo un mundo cotidiano elevado a literatura. Contado por un observador y crítico agudo. Mezclado con música, pintura y filosofía de alma errante. La voz de Oliveira se escucha cada vez más lejana, el libro cae sobre mis piernas y las páginas se mezclan inquietas.
La elección de un libro, el arte de un buen escritor, el silencio de la noche y el frío que no quiere desaparecer.

1 comentario:

Miguel Campana dijo...

Quisiera manejar mejor el castellano, que percibo que usted escribe bien pero siempre con la literatura me falta comprender bien las palabras y así pierdo el "tono" del texto...

¡Que siga escribiendo!